
había comenzado a nevar, el frío ya era un poco más soportable, y el espectáculo de ver como caían los copos de nieve hacía más soportable aquella tarde fría. una tarde que no solamente era fría por las bajas temperaturas sinó también por la soledad y la desesperanza, por el deseo reprimido porqué no se ha de cumplir. mirar al cielo y ver bajar los copos de nieve le daba la sensación de subir, de levantar los pies del suelo, de dejarse llevar, de volar, de alejarse, de soñar y conseguir salir de la prisión en que se había convertido su casa, su vida. no sabía cuánto tiempo llevaba mirando la nieve y soñando con los ojos abiertos, cuando escucho el grito de su hija: mamá! volvió lentamente de su viaje por el cielo y la nieve, quiso cerrar la puerta del pequeño balcón detrás de ella, pero un golpe muy frío se lo impidió, un afilado y largo hielo se le estaba metiendo muy adentro. pudo ver su cara, aquella cara que tanto había amado y que ahora tenía tan cerca de la suya. al fondo, su hija la miraba a los ojos, con los suyos muy abiertos. tuvo miedo, miedo por su chiquitina, por su ángel, porqué ella estaba agradeciendo cada uno de los golpes helados que estaba recibiendo, golpes que la liberarían para siempre de la prisión donde estaba metida; golpes que la liberarían de todo el dolor que sentía; un nuevo golpe, certero, helado, la hizo volar balcón abajo. al suelo cayó una lluvia roja, menuda y salpicada que esperó a que su cuerpo llegase y la nieve, rojiza, la recibió con una calidez que hacía mucho que no tenía.
abrió los ojos y vio unos ojos muy abiertos que la miraban sorprendidos y sonrientes. estaba liberada. su hija se lo estaba diciendo con aquellos ojos tan bonitos que había heredado de su padre.
400 mujeres muertas a manos de sus parejas sentimentales en los últimos 5 años.
foto: Jorge
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